QUERIDO YO: ME CUIDO PORQUE TE QUIERO. Mari Toledo.

Querido yo del futuro te escribo esta carta desde la cuarentena que nos ha impuesto el Gobierno después que la crisis del coronavirus fuera declarada como pandemia y que el sábado nos obligó a quedarnos en casa por decreto. Y que en estos primeros días me ha parecido irreal y distópica. He de decirte, que el jueves cuando se cerraron los colegios, institutos y universidades, me sentí aliviada, porque como madre prefiero que mi hija, sus amigas, todos sus compañeros y personal del centro, sus profes, las administrativas, conserje y personal no docente estuvieran en sus casas. La verdad, ese día todavía no teníamos muy claro el alcance de esta crisis sanitaria que atropella a todo el mundo y algunos medios de comunicación no ayudaban a ello, algunos por alarmar tanto que en cada instante daban minuto y resultado y otros por llevar a contertulios que no sabían de qué hablan y le quitaban importancia. Sabíamos que China ya se recuperaba, pero nos parecía tan lejano que pensábamos en la comodidad de nuestro primer mundo que a nosotros no nos iba a pasar. Cuando llegó a Italia ya nos empezamos a preocupar, pero todavía era algo lejano y en nuestro egoísmo seguimos sin tener en cuenta las recomendaciones de la Organización Mundial de la Salud y seguimos saliendo, abrazando, dando la mano… Sin importarnos que pudiéramos contagiar a aquellas personas que son realmente importantes para nosotros, nuestra imprudencia podía infectar a nuestros padres, a nuestros abuelos. Y de repente nuestra vida dio un giro de 180 grados y descubrimos la palabra virus y con ella de la mano llegaron otras más contagiosas como son el miedo, la histeria, el odio, el racismo. Pero también redescubrimos otras como la palabra aburrimiento, esa que agudiza nuestro ingenio y hace que nuestra imaginación vuele. Descubrimos que hay vida más allá de las pelusas de nuestro ombligo y para muchos casi por primera vez descubrieron que sus vecinos tienen nombres y apellidos y son mayores y entonces llego la palabra solidaridad acompañada de ayuda y “no estás solo”. Con el confinamiento ha venido a nuestras casas la palabra tiempo, tiempo para hablar, para contar historias, las historias de nuestras vidas, de nuestra adolescencia, para ver con cara de asombro como nuestros hijos por un rato nos dejan de ver como padres y ven en nosotros al niño que fuimos, al adolescente que al igual que ellos, estaba lleno de dudas. De las noticias que vemos a diario ha salido la palabra compasión por aquellos que no tienen una casa de la que no tengan que salir. Con las noticias también han llegado las palabras civismo, ciudadanía, responsabilidad, valores que creíamos perdidos y que han vuelto a florecer. Y entre todas las palabras que han vuelto a florecer como flores raras de estos tiempos grises hay dos que nos llenan de orgullo. La primera es gratitud a todos los que están en la zona cero de la infección y que se enfrentan a una enfermedad que ni ellos como profesionales de la sanidad conocen. Médicos, enfermeras, auxiliares de clínica, celadores, personal de limpieza que día tras día dan lo mejor de ellos y nos han demostrado que tenemos la mejor Sanidad Pública del mundo, a pesar de que siempre nos estemos quejando de ella. Y gratitud a todas aquellas personas que trabajan en los súper, en las farmacias, en las panaderías, los transportistas, los ópticos… que siguen trabajando porque sus productos son bienes de primera necesidad y no nos deben faltar. La otra palabra es amor, que olvidada la teníamos y como dábamos por sentado cosas tan simples como un beso de buenas noches, un abrazo, una caricia. Ahora amamos con los ojos, esos ojos llenos de amor cuando miramos a nuestros abuelos de lejos y en sus ojos vemos la inmensidad del mar, condensada en una lágrima por no poder abrazarnos. Que poco valorado teníamos los sentimientos que nos hacen humanos y mejores personas. En este tercer día de confinamiento querido yo, en este mundo que no sabemos cómo será dentro de quince días, o un mes, lo que sí empezamos a comprender es que nadie se salva solo, que las fronteras no existen, que la salud no entiende de colores políticos ni religiosos y que es un derecho universal que entre todos debemos cuidar, que la economía puede esperar porque la vida es frágil y debemos protegerla como un deber colectivo. Querido yo del futuro. Me despido de ti a sabiendas de que la esperanza se sienta a la mesa con nosotros cada día y que nunca nos abandona. Sé que en un futuro no lejano regresaremos a nuestra vida, quizás no sea igual a la que el día 13 dejamos, pero de lo que sí estoy segura es que será mejor porque nosotros hemos pisado el freno y nos hemos vuelto más humanos, más calmados. Y entonces volverán los besos, los abrazos, las quedadas con los amigos, el café con las amigas y el paseo por la calle. Mirando al horizonte con la cabeza apoyada en el hombro de la esperanza, me quedo en casa y me cuido porque te quiero. Y recuerda siempre que en tiempos de crisis la gente se vuelve loca por la pasta, las legumbres y el papel higiénico. Y lo más importante, juntos somos invencibles. Mari Toledo, madre de Lucía Méndez Toledo.
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